RUTA CHICHA

Texto: Israel Lozano Girón

Lo popular y su gráfica “se han puesto de moda”, dicen algunos. Lo cierto es que este arte es latente e inmortal en la periferia de Lima. Su historia, de más de 40 años, nos remonta al interior de nuestro país, a una Lima llena de camiones y pintores que “en la calle la hicieron linda”. Aquí un repaso en la voz de algunos de sus protagonistas.

No han pasado muchos años desde que la gráfica chicha y su estética se trasladaron desde las periferias de la capital hasta asentarse en lugares donde tal vez nunca pensó llegar. Restaurantes, bares y casas de arte, entre otros lugares, han entendido que la chicha, más que estar de moda, encierra toda una mística particular y representa la cultura de un peruano emergente, un peruano neto.

“(…) La gráfica que realmente puede unificar a todo el Perú es la gráfica chicha, la gráfica popular”, decía allá por el 2013 Alfredo Villar, curadurista y promotor de este arte, a un canal de televisión. Y poco a poco lo está logrando.

Cuando conversamos con él para esta entrevista, nos dijo que el pasado más remoto de la gráfica popular se encuentra en La Parada, en esa Lima de migrantes y comerciantes. Hablar de esa Lima de camiones y pintores es hablar del Caribeño.

Caribeño y el nacimiento del arte chicha

Trinidad Ponce Marín, también conocido como Caribeño, es uno de los pintores veteranos de la gráfica popular y quizá uno de los primeros que vio nacer este arte. De hecho, este hombre de más de 70 años es el único en vida que vio y conoció a Caracortada, un pintor de la avenida Aviación que destacaba por su velocidad en plasmar la carga máxima en los camiones.

Caribeño llegó a La Parada como un joven de 17 años que no sabía cómo iba a ganarse la vida. Motivado por un pintor apodado Canteño, llegó hasta la avenida Aviación a observar a los grandes maestros del pincel y la pintura.

“A los 18 años empecé a pintar. Miraba cómo se desempeñaban. Compré tiza, colores, pincel y comencé con pequeños trabajitos”, cuenta Caribeño, recordando aquellas épocas. También recuerda a Caracortada. Un hombre que, tal como lo firma su alias, tenía un notable corte en el rostro.

“Él podía pintar la carga máxima hasta en siete camiones en un día, mientras que otros sólo podían hacerlo en 3 o 4. Yo lo observé y así fui aprendiendo”, comenta.

Gusta mucho del swing y el conocimiento latino. Quizá no resulta extraño que su inquietud y su necesidad juvenil lo hayan conducido por el mundo del arte. Hoy en día, Caribeño es considerado uno de los fundadores de este estilo. Plasma su alegría y trayectoria  en las motos de Lima norte y en cualquier lugar donde le pidan. Tampoco deja de lado el arte publicitario en letreros, sin embargo ahora solo lo hace cuando se lo solicitan.

Cerca de su taller en San Juan de Lurigancho vive otro maestro del pincel, uno que pasó a experimentar el arte del flúor con los colores en papel y que, como jugando, se convirtió en otra pieza clave de esta tendencia en crecimiento. ¿Su nombre? Monky, para los amigos.

 

Monky, padre de los aficheros

Sus ojos han visto pasar un afiche tras otro y sus manos son las responsables de más de una innovación en el mundo de los aficheros.

“El trabajo de la publicidad es grande, abiertamente amplio. Están los amigos que se dedican a los cuadros, los que hacen letras en paredes o letreros y está el espacio de los afiches”, explica.

Lo cierto es que Pedro Rojas, alias Monky, ya hacía afiches en su tierra natal de Junín, pero sin el uso del flúor porque aún no conocía aquel implemento que le da el vibrato al color. Allá conoce a Tenicela, un productor musical que gustó de su trabajo y que decide traerlo a Lima cerca de la década del 80.

“Llego a Lima en pleno apogeo de Los Shapis. Don Tenicela era mi jefe y yo trabajaba los afiches de los conciertos”, recuerda. Monky llegó a la capital ya conociendo su trabajo, pero usando solo un color para las letras.

El primer afiche con colores chicha que hizo  fue en la segunda mitad de la década del 80. El evento no daba para menos: un mano a mano entre Chacalón y Tongo. Este afiche llamó la atención de más de un productor musical y le empezaron a pedir cada vez más afiches.

Con la llegada de la serigrafía, el mundo de los aficheros se hizo cada vez más grande. Entonces Monky ya no era el único, sino que más de uno empezó a hacer afiches. Sin embargo, relata que muchos de ellos “no tenían el ingenio y las ganas de jugar” que él manejaba.

“Incluso esperaban a que yo saque mis afiches, los sacaban de las paredes y los copiaban”, comenta humildemente el pintor.

Hoy en día los afiches que hace Monky ya están en todo el mundo. Muchos de ellos con frases bastante populares de su tierra y de la capital. Sin embargo, ¿cómo nacen estas frases?

Frases chicha

Azucena y Alinder, los Carga Máxima, lamentan que la gente no salga del “Tu envidia es mi progreso”, cuando las frases populares van más allá. Muchas de ellas ligadas a la gastronomía, a la música y a la costumbre popular.

Sobre la frase “cholo fino”, comentan que el Cholo Cirilo, un cómico cusqueño, tenía una secuencia con un limeño afroperuano. Este último reclamaba que su par, Cirilo, regrese a su tierra. “Este cholo huelequeso, regrésate a tu tierra, qué haces acá”, vociferaba. El cusqueño, que no se quedaba atrás, respondía vivazmente: “Sí, pero soy un cholo fino. Huelo a queso, pero a queso Edam”.

No todo peruano sabe apreciar las frases. Les disgusta el contenido vulgar y que estén cargadas de tanto sentimiento de envidia. Los pintores no entienden por qué ese desagrado. “No es algo que nosotros inventemos, es algo que está en la calle”.

 

Paiteño y la publicidad en el norte

Otra experiencia al interior del país se vive en el norte. Paita, ciudad de puerto en Piura, vio desarrollar los talleres publicitarios gracias a José Lorenzo Aguilar. Un artista que cerca de la década del 90 decidió dejar sus clases y tomar el camino del arte publicitario. Era más rentable, aclara Paiteño.

Ha estado en Chiclayo y en Lima, pero nunca se siente mejor que en su querida Paita. Fue ahí donde comenzó el arte usando las letras con flúor y con serifas, pero que él las conoce como ‘letras hueso’.

Paiteño ha tenido la oportunidad de pintar sobre diferentes plataformas, colocándole el flúor que a esta le convenga. Sus trabajos hoy se lucen en muchos establecimientos y en la mayoría de los casos acompañan gráficas norteñas. Un lobo de mar, pelícanos y danzantes de marinera, por ejemplo.

A mí qué chicha (más que un arte, una lucha)

“La palabra ‘chicha’ es uno de los peruanismos más usados y menos entendidos en nuestro país. Para algunos alude al caos, al desorden, a la improvisación y al desequilibrio provocado por la cultura y las masas populares. Pero también podemos entender lo ‘chicha’ como la manifestación irreverente, atrevida y cuestionadora de estas mismas masas que se desbordan y crean una nueva amalgama de todas las sangres y culturas del Perú”, eran las palabras de Alfredo Villar, que presentaba este magno evento.

En el 2013, la cultura chicha y sus máximos exponentes tomaron el Centro Cultural España y se lograron un evento exitoso. Alfredo Villar, el artífice tras esta muestra, buscaba reunir todas esas piezas dispersas de la cultura popular con el fin de demostrar que este arte nació de la necesidad del peruano, pero que se ha convertido en una manifestación valiosa de la peruanidad.

La gráfica popular  nació en nuestro país y poco a poco ha logrado quedarse en el espacio que ha conquistado. Una conquista a la que sus exponentes están dispuestos a continuar expandiendo. Aman lo que hacen y, lo más importante, creen que su trabajo muy pronto tendrá el valor que se merece. Porque a fin de cuentas no se gana, pero se goza.


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