CARGA MÁXIMA

Él es un pintor de Bellas Artes, ella una diseñadora publicitaria. Ambos poco a poco encontraron su estilo en el arte popular y fue así que nació Carga Máxima, colectivo artístico. Azucena del Carmen y Alinder Espada hablaron de sus inicios y de sus ganas de perpetuar el “Arte Chillante” que ellos profesan.

“Yo siempre me he caracterizado por trabajar cosas muy propias. Si la mayoría trabajaba campañas publicitarias sobre Coca Cola, Inca Kola, Sparkies; yo trabajaba sobre Limonada Markos, Ayudín, chocotejas. Veía que era necesario. Fue así que con mis compañeras decidimos hacer un museo chicha porque ya estaba muy de moda los grupos musicales que hacían fusión con la chicha”, comenta Azucena.

Ambos seguían el mismo rumbo -el de la gráfica popular- y se conocieron en Facebook porque manejaban cuentas sobre el tema. Fue así como llegaron al “A mí que Chicha” (2013), un festival de cultura popular y gráfica chicha que se realizó en el Centro Cultural España y que reunió a más de un artista del rubro. Ambos, junto con otros amigos, deciden empezar un trabajo más elaborado. Los pintores que se presentaron en la muestra estuvieron de acuerdo con la idea y ahí nació “Carga Máxima”.

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Carga Máxima: El Origen

El nombre nos lleva hasta la avenida Aviación, concretamente hacia La Parada. Allá por la década de los 50, un grupo de personas se ganaban la vida pintando el tonelaje, la carga máxima que transportaban y el rodaje de los camiones. El camión era el único modo de transporte en aquel entonces.

Con un solo camión el pintor podía sacar 20 soles y al día pintaban entre tres a cuatro; pero había uno en especial que llegaba a pintar hasta siete camiones al día. “Le decían Caracortada”, comenta Azucena.
La historia original llega a ellos gracias a Caribeño, un pintor de más de 70 años que –se dice- es el único que lo llegó a conocer y que -sin tono de burla- vive para contarlo. “Él fue el maestro de Caribeño y él fue quien le puso ‘Carga Máxima’ al estilo que empleaban los pintores para sus trabajos en los camiones. Entonces le pusimos al colectivo ese nombre por la historia de los camiones y porque nos lo contó Caribeño que es uno de los pintores más veteranos. No hay un referente más lejano que él”, explican.

Los migrantes, dueños de los camiones y principales hacedores del comercio en La Parada, vivían en un país diferente a sus tierras natales. “Lima era una ciudad oscura, apagada a diferencia de sus tierras natales. Los colores en Lima eran casi tristes para ellos porque en provincia los colores eran bastante vibrantes”, dice Alinder mientras coge un cuadro blanco como pensando qué es lo que plasmará en él.
Y, siendo el provinciano una persona alegre y apegada a las fiestas, buscaban traer sus costumbres a la capital. Trabajaban informalmente en La Parada o en el Mercado Central y, llegada la noche, quería echarse unas cervecitas y bailar rodeado de sus paisanos.

Las bandas musicales empezaron a llegar hasta donde los migrantes tenían sus negocios. Con ellos, traían pancartas con el nombre de los músicos pintados a colores vibrantes, similares a los que se veían al interior del país. Quienes buscaban seguir en el negocio vendiendo comida, copiaron los colores y los plasmaban en rotulados que luego colgaban en sus pequeños puestitos afuera de estos conciertos.

“Y jalaba porque los colores eran vibrantes y en la noche se veían. Además, los dueños de estos puestitos copiaban los colores que usaba el concierto para que aquel que asistiera al concierto, que salía con sus copitas de más, cayera en el stand pensando que formaba parte del evento”, cuenta Azucena inquieta y emocionada. La historia, claramente, le apasiona.

A este panorama se le suma la llegada de extranjeros que traían consigo una serie de costumbres propias de sus países.
“Entonces tenías a los migrantes apegados a sus costumbres y a los hijos de migrantes que no se sentían ni limeños ni migrantes. El migrante quería sentirse diferente porque miraba para afuera, quería sentirse importante y ser mejor que los demás”, comentan.

El camión mutó y empezó a llevar las frases tradicionales de sus canciones, algunas con sus toques gringos y otras que hablaban mucho de la envidia. “Hay gente que ahora ve los trabajos que hacemos con estas frases y piensan ‘¿por qué tanto sobre la envidia?’ y es algo que no lo inventamos, es algo que está y estaba en la calle”, exclama Azucena.
Es así como nacen “Tu envidia es mi progreso”, “Imitarme podrás, pero igualarme jamás” y otras como “hasta la vista, deivi” que claramente busca imitar una frase extranjera. “Incluso los Shapis sacaron una portada de disco que imitaba a una de Los Ramones”, comenta Alinder entre risas.

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El arte chillante

Carga Máxima –ese grupo que se formó en el “A mí qué chicha”- no siempre fue un colectivo artístico, sino que quiso ser una agencia. Cuando Azucena y Alinder buscaban algo más artístico, el grupo se dividió.

La mezcla de un pintor y una publicista encontró un su propio ritmo. Azucena admite que, tal vez, ella se tuvo que adaptar más a Alinder ya que el artista es –según ella- “más relajado”; pero un publicista “no hace un cuadro si no es EL cuadro”. Lo cierto es que el éxito los ha acompañado.

Israel Lozano Girón
Fotografía: Irvin Villalba

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