CARGA MÁXIMA

ESTILO CHILLANTE

Texto: Israel Lozano Girón
Fotografía: Irvin Villalba

Él es un pintor de Bellas Artes, ella una diseñadora publicitaria. Ambos poco a poco encontraron su estilo en el arte popular y fue así que nació Carga Máxima, colectivo artístico. Azucena del Carmen y Alinder Espada hablaron de sus inicios y de sus ganas de perpetuar el “Arte Chillante” que ellos profesan.

Alinder aún recuerda el 14 que le pusieron sus profesores a un trabajo que presentó en la Escuela de Bellas Artes. Era el año 2010 y toda la investigación de la identidad de su familia y la música lo habían llevado a orientarse por la gráfica popular. La calificación era porque su proyecto que reunía varias obras “era el comienzo de algo interesante”, pero no mostraba un contenido propio.

“Estaba bien”, recuerda Alinder. “Lo más interesante era un quiosco de un pintor con frases por todos lados. Estaba bien hecho, pero es fácil ver algo de la calle y traerlo a una pintura. Lo difícil era darle el contenido propio”, agrega. No se quedó con las ganas y siguió explorando. Más tarde, cuando terminó la escuela, presentó su pieza final que fusionó la gráfica popular, frases, letras e imágenes. Ahí sí le fue bien.

“Gané la medalla de plata de mi promoción. El primero fue escultura, el segundo pintura que fue mi trabajo y el tercero fue de grabado”, me cuenta mientras observaba cómo Azucena rebusca entre los libros del taller uno que trae todos sus proyectos de la escuela.

La historia de Azucena tiene su inicio como estudiante de diseño publicitario en la Toulouse Lautrec. Su trabajo era buscar nuevos soportes para la gráfica popular y sus influencias más remotas están en el mundo de la música. Su padre, hijo de migrantes, era chichero y ella buscaba hablar de esa identidad.

Como estudiante de últimos años, la universidad le exigía crear como pieza final un proyecto sobre un museo. Un museo que físicamente no existía, pero que debía explayarse en una temática. Todos sus compañeros escogían hacer “museo Mochica”, “museo natural”, “museo del Inca”….museos –en sus palabras- “muy aburridos”.

“Yo siempre me he caracterizado por trabajar cosas muy propias. Si la mayoría trabajaba campañas publicitarias sobre Coca Cola, Inca Kola, Sparkies; yo trabajaba sobre Limonada Markos, Ayudín, chocotejas. Veía que era necesario. Fue así que con mis compañeras decidimos hacer un museo chicha porque ya estaba muy de moda los grupos musicales que hacían fusión con la chicha”, comenta.
También le fue bien. “Teníamos un chichómetro que medía tu nivel de chicha, teníamos un video, una página en Facebook…nos fue bien bacán”, recuerda entre risas. Aprobó el curso y extranjeros de todo el mundo seguían escribiendo al fanpage pidiendo la dirección para conocer el museo cuando llegaran a Perú. Un museo que, claro, nunca existió.

Ambos seguían el mismo rumbo -el de la gráfica popular- y se conocieron en Facebook porque manejaban cuentas sobre el tema. Fue así como llegaron al “A mí que Chicha” (2013), un festival de cultura popular y gráfica chicha que se realizó en el Centro Cultural España y que reunió a más de un artista del rubro. Ambos, junto con otros amigos, deciden empezar un trabajo más elaborado. Los pintores que se presentaron en la muestra estuvieron de acuerdo con la idea y ahí nació “Carga Máxima”.

Carga Máxima: El Origen

El nombre nos lleva hasta la avenida Aviación, concretamente hacia La Parada. Allá por la década de los 50, un grupo de personas se ganaban la vida pintando el tonelaje, la carga máxima que transportaban y el rodaje de los camiones. El camión era el único modo de transporte en aquel entonces.

Con un solo camión el pintor podía sacar 20 soles y al día pintaban entre tres a cuatro; pero había uno en especial que llegaba a pintar hasta siete camiones al día. “Le decían Caracortada”, comenta Azucena.
La historia original llega a ellos gracias a Caribeño, un pintor de más de 70 años que –se dice- es el único que lo llegó a conocer y que -sin tono de burla- vive para contarlo. “Él fue el maestro de Caribeño y él fue quien le puso ‘Carga Máxima’ al estilo que empleaban los pintores para sus trabajos en los camiones. Entonces le pusimos al colectivo ese nombre por la historia de los camiones y porque nos lo contó Caribeño que es uno de los pintores más veteranos. No hay un referente más lejano que él”, explican.

El camión encerraba en sí mismo toda una coyuntura que trataré de resumir  en pocas líneas–porque usted, amigo lector, podrá leer más sobre ello unas páginas más allá-.

Los migrantes, dueños de los camiones y principales hacedores del comercio en La Parada, vivían en un país diferente a sus tierras natales. “Lima era una ciudad oscura, apagada a diferencia de sus tierras natales. Los colores en Lima eran casi tristes para ellos porque en provincia los colores eran bastante vibrantes”, dice Alinder mientras coge un cuadro blanco como pensando qué es lo que plasmará en él.
Y, siendo el provinciano una persona alegre y apegada a las fiestas, buscaban traer sus costumbres a la capital. Trabajaban informalmente en La Parada o en el Mercado Central y, llegada la noche, quería echarse unas cervecitas y bailar rodeado de sus paisanos.

Las bandas musicales empezaron a llegar hasta donde los migrantes tenían sus negocios. Con ellos, traían pancartas con el nombre de los músicos pintados a colores vibrantes, similares a los que se veían al interior del país. Quienes buscaban seguir en el negocio vendiendo comida, copiaron los colores y los plasmaban en rotulados que luego colgaban en sus pequeños puestitos afuera de estos conciertos.
“Y jalaba porque los colores eran vibrantes y en la noche se veían. Además, los dueños de estos puestitos copiaban los colores que usaba el concierto para que aquel que asistiera al concierto, que salía con sus copitas de más, cayera en el stand pensando que formaba parte del evento”, cuenta Azucena inquieta y emocionada. La historia, claramente, le apasiona.

A este panorama se le suma la llegada de extranjeros que traían consigo una serie de costumbres propias de sus países.
“Entonces tenías a los migrantes apegados a sus costumbres y a los hijos de migrantes que no se sentían ni limeños ni migrantes. El migrante quería sentirse diferente porque miraba para afuera, quería sentirse importante y ser mejor que los demás”, comentan.

El camión mutó y empezó a llevar las frases tradicionales de sus canciones, algunas con sus toques gringos y otras que hablaban mucho de la envidia. “Hay gente que ahora ve los trabajos que hacemos con estas frases y piensan ‘¿por qué tanto sobre la envidia?’ y es algo que no lo inventamos, es algo que está y estaba en la calle”, exclama Azucena.
Es así como nacen “Tu envidia es mi progreso”, “Imitarme podrás, pero igualarme jamás” y otras como “hasta la vista, deivi” que claramente busca imitar una frase extranjera. “Incluso los Shapis sacaron una portada de disco que imitaba a una de Los Ramones”, comenta Alinder entre risas.

El arte chillante

Carga Máxima –ese grupo que se formó en el “A mí qué chicha”- no siempre fue un colectivo artístico, sino que quiso ser una agencia. Cuando Azucena y Alinder buscaban algo más artístico, el grupo se dividió.

“A ellos les fue bien y a mí también”, cuenta Azucena. “Nosotros somos la ‘new generation’, el ‘peruvian pop style’, ‘los tigres del pincel’ y queremos que Carga Máxima no sea un trabajo de autor, sino que sea más gente y si se puede todo un colectivo. No Alinder, no Azucena, sino que se crea que somos más gente”, se proyecta Azucena.
Los soportes cambiaron. Los camiones de La Parada quedaron atrás. Ellos plasman su arte en cuadros, pero también hacen polos, stickers, letreros y dictan talleres a todo aquel que quiere aprender del arte. “Tenemos nuestra página de Facebook, nuestra cuenta en Instagram desde donde imponemos nuestro estilo chillante. En eso también nos diferenciamos de estilo carga máxima: nosotros trabajamos en nuevos soportes”, cuentan.

¿Por qué cambiar de soportes? “Por el estilo y porque de algo tenemos que vivir, pues”, me dice Azucena. “Lo que pasa es que la gente ya no quiere sólo cuadros. Viene y ve el trabajo, pero dice ‘me gusta, pero no lo voy a llevar en un cuadro…en un polo me gustaría tenerlo’. Entonces también hacemos polos y demás, todo baratos porque ‘no se gana, pero se goza’”, cierra Alinder con una gran sonrisa.

La mezcla de un pintor y una publicista encontró un su propio ritmo. Azucena admite que, tal vez, ella se tuvo que adaptar más a Alinder ya que el artista es –según ella- “más relajado”; pero un publicista “no hace un cuadro si no es EL cuadro”. Lo cierto es que el éxito los ha acompañado.

“Tenemos cuadros en casi todo el mundo. La mayoría en restaurantes. Vienen y nos piden más y nosotros los hacemos”, detalla Alinder.
“Y es que la idea es expandirse. Mi sueño es tener ‘Carga Máxima’ en cada distrito”, irrumpe Azucena y me deja asombrado. “¡Claro! Ahora nosotros ya somos un referente de la gráfica latinoamericana y por lo menos yo quiero ir más allá. De repente en unos años más habrá especialistas que digan ‘los Carga Máxima andan en error, están cagaos’, pero mientras no pase hay que darle pa’ lante”, sueña Azucena.
Me tocaba dejar su maravilloso taller en Chorrillos porque eran más de las 12 del mediodía y el almuerzo ya los llamaba. La despedida fue acompañada de una firme observación: “¡Nosotros no somos ‘estilo chicha’, eh! Ya somos otra cosa, somos ‘el estilo chillante’. ¡Pobre que nos pongan así, ah!”, me comenta Azucena jocosamente mientras abrazaba a Alinder cerca a la puerta. La advertencia perduró y es por eso, amigo lector, que no se encontró mejor titular.


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